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FORO LIBER@L

LA VERDAD AUNQUE ESCUEZA

A veces los destinos de un país pueden decidirse por las circunstancias más insospechadas. Uno puede pensar que para que se produzcan ciertos acontecimientos tienen que haberse dado previamente determinados procesos históricos importantes, trascendentales, dramáticos. Y resulta que no siempre es así, sino que a veces Dios, o el diablo, escriben con renglones torcidos. Y basta que se produzca una concatenación de circunstancias que, analizadas en el conjunto de la historia universal, no representarán más que una gota de agua, para que de ahí se deriven, en un diabólico efecto mariposa, consecuencias totalmente insospechadas.

En 1996 empezó a gobernar España un hombre serio, antipático, formal, de palabra, de convicciones firmes hasta la tozudez. Nadie daba dos duros por él en aquel momento, ni por su continuidad con una mayoría precaria que requería necesariamente (más que ahora) el apoyo de los nacionalistas. Y sin embargo resistió cuatro años sin adelantar elecciones, y convalidó su mandato con mayoría absoluta. Modernizó España, la hizo prosperar económicamente, organizó los medios necesarios para que se crease empleo en cifras nunca vistas, rebajó los impuestos, aniquiló prácticamente a los terroristas vascos y además, y es triste tenerlo que citar como un mérito excepcional cuando debería ser norma general, no se hizo rico a costa de las arcas del Estado. Prometió retirarse a los ocho años y organizó todo lo necesario para que así fuese, dejando el país encarrilado en una vía de prosperidad, seguridad y progreso como hacía décadas que no se veían.

Intentó culminar su labor alineándose sin complejos con las grandes potencias occidentales (solo hay dos: EE.UU. e Inglaterra, que pese a su declive mantiene la filosofía y el empuje propio de ese status) en el mayor desafío después del final de la guerra fría.

En resumen, España pasó en los ocho años de gobierno de Aznar a situarse en el camino de acceso al lugar que por lógica debe corresponderle en el escenario mundial, tanto en lo político como en lo económico y lo social.

Enfrente de esos gobiernos sucesivos, un partido socialista que iba dando tumbos entre candidatos de mediocridad apabullante y que acabó en manos de un oscuro diputado sin experiencia alguna en la administración pública, ni siquiera en la actividad política, y si me apuran ni en la vida en general.

De pronto, cuando el guión de una nueva victoria del Partido Popular parecía escrito con letras inmutables, empiezan a suceder cosas, como si alguien hubiese decidido empezar a cambiar el destino. Cae en Turquía un avión que transportaba militares españoles en misión de paz. Naufraga un petrolero frente a las costas de Galicia. La postguerra de Irak se complica, mueren en ella varios españoles. Se celebran elecciones en Cataluña y gana sin ganar Pasqual Maragall, que necesita como el aire que respira del apoyo de comunistas y separatistas. Los partidos nacionales no son capaces de articular una alternativa que saque del poder a los nacionalistas en el País Vasco. Algún publicista loco diseña la campaña del Partido Popular.

La izquierda, cuyo campo de actuación preferido siempre ha sido la calle y no el Parlamento, empieza a vislumbrar la posibilidad de capitalizar estos acontecimientos para que oculten el resto de la gestión de Aznar. Moviliza a sus intelectuales, a sus lobbies, a sus estrellas mediáticas y lanza toda su artillería, durante doce largos meses, contra el Partido Popular. Aún así, los pronósticos se inclinan por la sensatez de una ciudadanía que valora su creciente nivel de vida. La izquierda aspira ya solo a impedir la mayoría absoluta, y se une en un insólito frente con nacionalistas de todo pelaje: todo vale contra la derecha, se empiezan a remover hasta huesos de fusilados en la Guerra Civil, se llama asesino al presidente del gobierno y se coacciona abiertamente a los votantes de la derecha. Se fabrican un programa en la convicción de que nunca tendrán ocasión de aplicarlo. Pese a ello, todo indica que no llegan.

Y de pronto llega el 11 de marzo. La derecha queda anonadada y no reacciona. La izquierda ya va lanzada y pisa aún más el acelerador. Consecuencia: Zapatero despierta sin saber cómo en el sillón de presidente del Gobierno. A los dos días, cualquier persona avisada se da cuenta de que el puesto le viene enorme, y de que con tal de permanecer en él está dispuesto a lo que
sea. Su entorno alucina ("¿Zapatero, presidente? No puede ser"), pero ve posibilidad de colocarse para los próximos cuatro años. Y lo que había sido un proceso serio de ocho años, un proyecto de modernización de España, empieza a desmoronarse en seis meses. Huimos de Irak, las potencias de la coalición nos desprecian, nuestros tradicionales enemigos se arriman a
nuestros ex socios ofendidos, los que nos han animado a dar el paso nos ningunean una vez les hemos servido, los separatistas hacen valer sus votos para obtener cualquier cosa del gobierno de España, los presidentes autonómicos empiezan a insultarse entre sí, se abre el diálogo con ETA, se abren las puertas de par en par a la inmigración, los vascos renuevan su
desafío independentista, los catalanes proponen directamente la soberanía compartida, se paralizan las grandes obras hidráulicas, las leyes educativas, se legisla a toda prisa sobre "matrimonios" homosexuales y sus adopciones, sobre el aborto,... Toda la obra de cuatro años al garete. La posibilidad cada vez más cierta de que España deje de existir antes de lo
que pensamos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Es esto el resultado de un largo proceso de evolución histórica? No. Es el resultado de un accidente de aviación provocado por un piloto inexperto, un naufragio debido al escaso mantenimiento de un buque, una victoria ajustada en una comunidad autónoma por un cambio de candidato en el partido nacionalista hegemónico, un atentado hecho a medias entre unos moros muertos de gana y un ex minero asturiano. Hechos fortuitos, imprevisibles, nada que ver con el trazado de las líneas maestras de la Historia. Y también es el resultado de los caracteres de dos seres humanos: la falta de afabilidad, de carisma y de poder de convicción de uno, y la ausencia de carácter y de ideas de otro. ¿Quién dice que los seres humanos no tienen capacidad para cambiar el destino? Si a veces lo hacen incluso sin
quererlo... Un piloto, un armador, un candidato bisoño, siete moros, un minero asturiano, un vallisoletano arisco, y un leonés vacuo pueden acabar provocando, en la mejor plasmación del efecto mariposa, la desaparición como tal de una de las más antiguas naciones de Europa. Sic transit gloria mundi...
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