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FORO LIBER@L

MIEDO

He leído con calma los tres artículos que hoy publican en diarios nacionales Alfonso Ussía, Alejo Vidal Quadras y César Alonso de los Ríos. No puedo evitar sentir una profunda desazón, porque todos ellos, cada uno en su estilo y en su tono, unos más iracundos y otros más melancólicos, destilan una sensación de derrota, de fatalidad, de asistencia impotente al fin de una era, al derrumbe de una nación, al inicio de una incertidumbre y quién sabe si al de un enfrentamiento.

Dicen que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, y también que los dioses ciegan a aquellos a quienes quieren perder. Muy mal deben querer los dioses a España y a los españoles cuando los han mantenido ciegos durante los últimos 28 años. Lo que ahora empieza a contemplarse con auténtico terror, como quien ve acercarse una ola gigante contra la que ya no cabe muro de contención ni huida, era algo perfectamente previsible desde el inicio del porceso autonómico para cualquiera que tuviese dos ojos, dos oídos, dos dedos de frente y dos gramos de sentido de Estado más allá de la ambición miserable y de vuelo corto de los políticos que solo viven el día a día.

Nunca, jamás, el nacionalismo ha pretendido otra cosa que el objetivo final de la independencia. Ni por un instante han perdido de vista ese faro en el horizonte que ha guiado su navegación hábil y traicionera. Todo lo demás han sido simples pasos intermedios, con fecha de caducidad, en su camino hacia ese destino que, paradójicamente, no es símbolo de progreso por más que se empecinen en repetírnoslo, sino que está anclado en un pasado que el paso de la historia se encargó de superar.

La tenacidad tiene un premio, y el nacionalismo vasco y catalán está a punto de conseguir sus últimos objetivos. Y todo ello con la colaboración entusiasta de los sucesivos gobiernos españoles. No salvo ni a uno solo, si bien es cierto que hay algunos, como el actual, que están acelerando el proceso hasta extremos que incluso a los más descerebrados nacionalistas les empiezan a parecer increíbles. Otros, en el mejor de los casos, se atrincheraron en sus posiciones y consiguieron simplemente ralentizar algo el avance de la marea. Pero ninguno hizo el más mínimo esfuerzo por denunciar de manera creíble lo que está sucediendo, y menos aún por invertir la marcha de los acontecimientos.

Hoy, los nacionalistas están al timón de la nave que desean hundir. Los zorros guardan el gallinero. Todo empezó con unas demandas de autonomía administrativa, y luego política, enmascaradas de moderación, de proximidad en la toma de decisiones. Hoy se ve claramente que la táctica del café para todos estuvo probablemente inducida por estos propios nacionalistas, puesto que el hecho de igualarles a los demás es precisamente lo que les daba derecho, basándose en su célebre "hecho diferencial", a dar un paso más en su reivindicación. Cada vez que una comunidad de las llamadas "no históricas" consigue legítimamente, por pura razón de igualdad, una competencia de que disponen las históricas, éstas disponen de un trampolín más para exigir otro plus de especialidad, otro trato diferenciado, otro reconocimiento de sus peculiaridades. Y así ad infinitum... o no: simplemente hasta que el único grado posible de distinción sea la soberanía, la independencia.

Estatutos, transferencias, competencias,... son y han sido considerados siempre por los nacionalistas como nuevos instrumentos con los que debilitar más eficazmente al Estado. Lo suyo es intocable, indiscutible, innegociable. Es un derecho ancestral cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. De forma muy adecuada, por cierto: cuanto más perdido esté y más mítico resulte, más difícil será rebatirlo. Una especie de Volksgeist que está por encima de leyes y normas pasajeras, porque entronca directamente con la noción de pueblo, de nación.

Merced a esas competencias transferidas, que para ellos nunca han sido el fin, sino el medio, han ido constituyendo, instaurando y ensayando sus esbozos de estados. Y merced a la más importante de todas ellas, la educación, han conseguido falsear la historia, educar a toda una generación en sus planteamientos separadores, y hacer auténticos experimentos sociales con el único fin de que el verdadero objetivo que siempre han tenido caiga finalmente por su propio peso, como fruta madura, no como resultado de un debate profundo y razonado, sino porque nadie se planteará lo contrario cuando esta generación llegue (ya lo está haciendo) a los puestos de decisión en la enseñanza, en la empresa, en la banca, en la justicia, en los
colegios profesionales, en la sociedad civil, en suma. Una generación que solo ha recibido una versión, una información. Una generación sometida a una auténtica Formación del Espíritu Nacional mucho más eficaz que la del franquismo.

Cadenas de televisión y de radio, prensa, entidades clave como clubes deportivos o cajas de ahorro, ... toda una inmensa y rica maquinaria, pagada con los impuestos de todos los españoles, volcada en persuadir de que no somos españoles. Toda una mastodóntica administración autonómica, y la mayoría de la local, dedicada en cuerpo y alma a la
creación artificial de un sentimiento nacionalista al que no haya alternativa. Con especial dedicación, claro está a la lengua. ¿Por qué? Porque como muy bien dicen, es un signo de identidad. El signo de identidad, el único, porque en todo lo demás resulta, para su
desesperación, que nos parecemos enormemente al resto de España. La lengua es lo que nos ha de hacer diferentes, por decreto, y es por ello que ahí la lucha es sin cuartel. Pero ya hemos dicho que también controlan la educación, con lo cual también es cuestión de tiempo. La
demanda de castellano irá disminuyendo, y las empresas se plegarán dócilmente a las exigencias del mercado: si el mercado les pide catalán, catalán tendrá.

Curiosamente, en el caso de España se da algo que va más allá de los cánones habituales en cualquier separatismo. Lo normal en el separatismo es la voluntad de una región, de un territorio, de separarse de un estado. Ni siquiera eso basta ya a nuestros nacionalistas, que se atreven a ir mucho más allá, sobre todo ante la pasmosa ausencia de resistencia visible. Ellos han de destruir el concepto mismo de España. Más aún: negar que jamás haya existido como
nación. Ahora, en un gesto de magnanimidad grotesca, nos "conceden" que España sea una "nación de naciones". Nada con gaseosa, en definitiva. O más bien un engaño mastodóntico, que se recrea en jugar incesantemente con las palabras para que, de tan manoseadas, dejen de
tener cualquier valor. Ya no es cuestión de "nosotros somos una nación diferente", no. Ahora el lema ya es "nosotros somos una nación, ellos no". Hay que negar la existencia misma de España como nación, como sujeto político con capacidad de decisión.

Lógico, por otra parte: la capacidad de reacción, incluso por la fuerza, de España, quedará reducida a la nada si el problema no se limita a la secesión unilateral de una región díscola, sino que lo que se produce es el estallido total de España para convertirse en
una constelación de naciones, nacionalidades, regiones y cantones.

Todo está perfectamente sincronizado.

Y eso para empezar: ya ha advertido Maragall (ése sí sigue siendo
Molt Honorable, porque las naciones sí tienen protocolos y símbolos y
tradiciones) que, accediendo a sus máximas aspiraciones, se consigue
como mucho un par de décadas de calma, pero que el modelo de
Estado "no se cerrará nunca". Claro: hasta que España, que ahora
dejará de ser nación para convertirse en simple Estado, entidad
puramente administrativa, deje de ser necesaria incluso como tal.
Pero esa promesa de permanencia temporal probablemente lo que
pretenda conseguir sea el silencio de la única institución que
teóricamente debería representar a la Nación Española: la Corona.
También los reyes son humanos (y el nuestro probablemente más que
ninguno, por desgracia) y como cualquier otro quiere asegurar el
futuro de sus hijos. ¿25 años más? Suficiente para poder organizar el
futuro con cierta seguridad...

No me quiero extender más. Toda esta reflexión venía al hilo de que
en los articulistas al principio citados he detectado una rara y
aterradora unanimidad en una especie de sentimiento de derrota, de
irreversibilidad. Y no es que no tengan razón: es que lo lamentable
es que lo descubran ahora. Parece que ha tenido que llegar un
gobierno entregado a la voluntad de los separatistas para que se den
cuenta de que esto es así cuando, repito, hace 28 años que se podía
ver.

Como dice uno de ellos, creo que Alonso, la única esperanza de
supervivencia inmediata, de prolongar la resistencia (lo de revertir
la situación es mucho más difícil), es una rebelión en el seno del
PSOE. Ibarra, Bono, Rosa Díez, Redondo Terreros, Paco Vázquez,...
pero unos ya no mandan nada, y los demás mandan demasiado como para
dejarlo todo por... ¿por qué? ¿por España? Eso ya no se lleva ni
entre la realeza, imaginad entre los políticos...

1 comentario

The Ant -

Tengo la esperanza de que muchos de los que fueron engañados en las últimas elecciones se den cuenta de que en España gobierna un muñeco y voten al PP en las próximas elecciones. ZP sabe que eso ocurrirá y por eso quiere asegurarse los dos millones de votos de los sin papeles, serán sin duda las próximas elecciones la última oportunidad para España, por eso aún no pierdo la esperanza.