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FORO LIBER@L

LA REVOLUCIÓN DE LA LIBERTAD

CONFERENCIA DE JOSE MARÍA AZNAR

Queridos amigos, muy buenos días a todos.

Quiero darles las gracias a todos por su presencia esta mañana. Para FAES como Fundación, y para mí personalmente, éste es un acto muy importante y por supuesto también lo es saber que ha despertado el interés de todos ustedes. Muchas gracias.

Gracias también a la Universidad San Pablo CEU que nos prestan su valiosa colaboración y que hoy son nuestros anfitriones. Gracias también a Ana Palacio y José María Lassalle que me han precedido tan acertadamente en el uso de la palabra.

La Fundación que presido se creó para pensar. Para pensar juntos la libertad. Las ideas son la base del futuro de la vida en común. Y las ideas son poderosas. Porque con ellas como guía se pueden alcanzar los objetivos más difíciles.

Fue el caso de la guerra fría. Hace quince años, hubo personas que quisieron ganarla. Porque querían que la libertad se impusiera a la tiranía. Y el arma más poderosa de esas personas fueron sus ideas. Su convicción de que los derechos de las personas están por encima de cualquier otra consideración.

Y aquellas personas querían que su idea de libertad se impusiera a otra idea, la del comunismo. Una idea que tenía a sus espaldas la muerte de millones de personas, la peor tiranía de la historia. Tenía prisioneras tras un muro a cientos de miles de personas. Las tenía silenciadas y sin derechos políticos básicos. Y además las condenaba a la pobreza por la radical ineficacia de su sistema económico.

La libertad tiene un precio muy alto. Muchas personas pagaron con su propia vida por no resignarse a vivir bajo una dictadura sanguinaria. Pero su sacrificio personal, y el compromiso de muchos otros, consiguieron derribar aquel muro y derrotar la tiranía comunista.

Con el muro de Berlín se hizo añicos también la utopía colectivista. La fatal arrogancia del socialismo, como la llamó Hayek, que planificaba las vidas de millones de personas porque creía tener al alcance el conocimiento absoluto.

Y las ideas que vencieron aquel día de noviembre de 1989 fueron las de la responsabilidad y la libertad individual. Las ideas que han permitido, más que ningunas otras, que sociedades enteras avancen hacia la prosperidad. Las que, más que ningunas otras, han permitido la movilidad social de cada ciudadano. Vencieron las sociedades abiertas y democráticas.

El camino no ha sido fácil desde entonces. Ni la libertad ni la democracia tienen poderes mágicos. Lo que se destruyó concienzudamente durante 45 años no se vuelve a edificar ni siquiera en 15 años. Y eso incluye tanto lo material como lo que probablemente sea más difícil: lo que afecta al ánimo de un pueblo, a sus ganas de esforzarse individualmente y a su sentido de la responsabilidad personal. Pero espero que todos estén de acuerdo conmigo: quienes hablan como si con el Muro se viviera mejor son demasiado crueles.

El camino de la servidumbre tiene menos curvas que el camino de la libertad. En el siglo XX el mundo, y muy especialmente Europa, sufrió el terror de las peores dictaduras. Llegaron casi sin que nadie se diera cuenta. Y para derrotarlas se necesitó luego mucha voluntad, determinación y firmeza.

Quienes derrotaron al nacionalsocialismo de Hitler no lo hicieron contemporizando con él. Algunos lo intentaron y no sólo fracasaron, sino que dejaron una situación aún peor cuando tuvieron que ceder el testigo a quienes no estaban dispuestos a pactar con el tirano. Quienes derrotaron a los nazis y fascistas fueron quienes lucharon en las playas de Normandía o en las laderas de Monte Cassino, liderados por Churchill y Roosevelt.

Quienes derrotaron al comunismo fueron igualmente quienes se dieron cuenta de que merecía la pena luchar por la libertad. Quienes creían en la superioridad moral de las democracias sobre las tiranías y se negaron a ceder terreno. Quienes lucharon desde más allá del muro como Vaclav Havel, Lech Valesa o Andrei Sajarov. Quienes lucharon con sus ideas desde fuera de él, como Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Helmut Kohl o el Papa Juan Pablo II. Y sobre todo, quienes entregaron sus vidas, pero nunca su dignidad, en los cientos de Gulags de Rusia, China, Camboya o Cuba.

No sería justo dejar de mencionar a Mijail Gorbachov. El último líder soviético tuvo la inteligencia de reconocer que su sistema se había derrumbado. Y la generosidad de no hacer esfuerzos estériles, pero que habrían podido ser terribles para todos, para defender lo ya indefendible.

Permítanme recordarles las palabras que pronunció frente a la Puerta de Brandemburgo el Presidente Ronald Reagan: “Mientras esta puerta continúe cerrada, mientras la cicatriz que es el muro siga en pie, no sólo es la cuestión alemana la que permanece sin resolver, sino la libertad de toda la humanidad. Pero no vengo aquí a lamentarme, sino que encuentro en Berlín un mensaje de esperanza. Incluso a la sombra del muro encuentro un mensaje de triunfo”.[1]

El triunfo tardaría sólo dos años en llegar. Y llegó gracias a que Reagan y otros como él fueron consecuentes y acompañaron sus palabras con los hechos.

Queridos amigos,

No podemos dar por descontada la libertad. El respeto a nuestros derechos fundamentales, el que disfrutamos en el mundo occidental y que nos gustaría ver extendido a todo el mundo, es algo demasiado valioso y frágil. Nos engañaríamos si pensamos que no tiene enemigos. La libertad tuvo enemigos en el siglo XX. Y el siglo XXI ha comenzado con un ataque simbólico y brutal contra la sociedad abierta. Si queremos preservarla tenemos que estar dispuestos a defenderla, junto con nuestros amigos y aliados.

En este siglo XXI las amenazas a las libertades no vienen ya de las ideologías derrotadas en el siglo XX. Hoy la amenaza sobre todos nosotros, sobre nuestras democracias, viene del terrorismo.

Quienes odian la libertad hoy utilizan sin escrúpulos el terror para imponer su visión totalitaria de la sociedad. Puede ser una utopía religiosa o nacionalista, étnica o política. No nos engañemos. Todos ellos están unidos por un mismo odio a las libertades y un desprecio profundo a la dignidad de cada persona.

Los terroristas, y más concretamente los terroristas islamistas, tienen la determinación de acabar con nuestra civilización. Hemos visto su poder y su voluntad de destrucción. Ante ese poder tenemos que tener una voluntad aún mayor de derrotarlos. De proteger nuestra libertad y nuestros valores. De defendernos de quienes quieren nuestra destrucción. Lo que está en juego es, ni más ni menos, que nuestra propia supervivencia.

Hoy, igual que ayer, es inútil el apaciguamiento cuando de lo que se trata es de defender los pilares mismos de nuestras democracias.

No se podía transigir con Hitler, aunque algunos lo intentaron inútilmente.

No se podía transigir con Pol Pot, aunque algunos no quisieran ver lo que estaba ocurriendo en su país.

Hoy no se puede transigir con terroristas como Bin Laden, aunque haya quien prefiera fijar su atención en qué los separa de los Estados Unidos, en vez de esforzarse por trabajar conjuntamente contra el terror.

Pero no puedo ser otra cosa que optimista y les invito a que lo sean conmigo.

Hoy debemos hablar de optimismo, y yo quiero hablarles de optimismo.

La gran lección de los ochenta, de aquellos años en los tanto discutíamos los occidentales, es que dependemos sólo de nosotros mismos. Las democracias liberales dependemos sólo de nuestra energía y de nuestra fuerza de voluntad. Si éstas no nos faltan, no hay Muro ni Jihad que aguante indefinidamente.

Estoy convencido de que la libertad triunfará, frente a los desafíos de hoy, de igual manera que triunfó ante las amenazas del pasado. Porque sólo depende de nuestra determinación y nuestra firmeza para conseguirlo. Pero necesitamos convencernos de ello, y ser consecuentes con la magnitud del reto al que se enfrenta Occidente. Tenemos que trabajar juntos sin esperar a que la amenaza crezca aún más fuerte. Debemos trabajar con buen sentido y siendo todos aún más conscientes de la necesidad de una acción común y concertada para derrotar al terror.

Soy optimista porque la historia me empuja a serlo sin ninguna duda. Soy optimista porque creo en la fuerza imbatible de la libertad cuando es consciente de su superioridad moral. Soy optimista porque el odio y el fanatismo no pueden vencer a menos que les dejemos vencer.

Pido a todos que compartan mi optimismo y con él la misma voluntad de que la libertad y la civilización sigan siendo nuestro modo de vida. Con todas sus imperfecciones, con todas sus limitaciones, con todo lo que se quiera decir en contra de ellas. Con todo y con eso, no conozco nada mejor construido en toda la Historia para respetar la libertad y permitir la felicidad de un mayor número de personas.

Si quienes nos precedieron fueron capaces de derrotar a terribles tiranías, nosotros podemos conseguir un futuro en el que no nos amenace el nuevo totalitarismo fanático.

Por eso, porque la Revolución de la Libertad triunfó hace quince años, vamos a recordarla juntos durante los próximos meses. Es muchísimo lo que podemos aprender de aquella victoria. Tanto, que el triunfo que necesitamos ahora incluye que valoremos con justicia lo mucho que debemos a aquellos héroes de la libertad.

Muchas gracias a todos y muy buenos días
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