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FORO LIBER@L

UN HOMBRE DE CUALQUIER LUGAR DEL MUNDO.

“Llegado desde un país lejano”. Esas primeras palabras de Karol Wojtyla al aparecer en público proclamado Papa Juan Pablo II, han sido la esencia, la clave, de su pontificado. Si no hubiera venido de un país tan lejano que estaba en otro mundo, detrás de un muro, perseguido y reprimido por las dos peores y sangrientas tiranías conocidas por la humanidad en el siglo XX, no habría sido nada como ha sido.

Pero tampoco lo habría sido si, según las palabras de su Eminencia el Cardenal D. Marcelo González Martín, no hubiera tenido “…amor viviente a Cristo y a la Virgen María, entusiasmo en el deber, confianza en la Gracia de Dios que asiste a los que la anhelan, atención al hombre concreto, al hombre de Polonia que es su patria, al hombre de cualquier lugar del mundo, a la humanidad, porque « El camino de la Iglesia pasa por el hombre (JPII)»”.

“¡Qué paradoja! El hombre venido del Este ha sido el instrumento para recuperar nuestra conciencia de que el cristianismo sí es moderno, que tiene carta de ciudadanía para navegar en el mundo de Internet, que sí puede responder a los desafíos que plantea la cultura nacida de la ilustración. Más aún, que seguramente es la única esperanza que le queda a esa cultura, para sanar sus heridas y evitar que se precipite en el vacío” (J.L. Restán, LD- 3-04-05)

Durante veintiséis años ha estado con nosotros. Ha formado parte inseparable de nuestras vidas un período de tiempo tan largo que ahora nos asombra ver aquellas imágenes retrospectivas de las que apenas recordábamos nada, ocultadas por las más recientes de decadencia física y sufrimiento; atlético, juvenil, con una fuerza de palabra extraordinaria. Para muchos millones de personas menores de treinta años formaba parte del escenario del mundo casi como las piedras de las pirámides o la asombrosa cúpula de San Pedro. Han sido niños con él, han crecido con él y han empezado a amar y a criar hijos con él ¿Cómo no sentirse ahora huérfanos sin sus palabras, apropiadas para cada momento, sin su carisma especial, capaz de adentrase en las genuinas preocupaciones de la humanidad?

Y los que han podido ver pasar a otros Pontífices, incluso a los “históricos” del siglo XX ¿No tenían acaso la sensación entrañable de una nueva familiaridad construida con su presencia frecuente en la ventana al mundo del televisor doméstico? Siempre tan cercano, tan sencillo de entender, tan asombrosamente sincero e irreducible, rodeado de multitudes que jamás nunca nadie había podido congregar en libertad.


“ El anciano que hoy navega hacia ultratumba nos deja el esplendor de una Verdad que las adscripciones ideológicas no pueden interpretar a su conveniencia: La revolución del amor no admite cortapisas; la dignidad del hombre, espejo donde se copia Dios, no permite excepciones. En esta hora luctuosa, quienes vimos en Karol Wojtyla el esplendor de una luz que derramaba Verdad sobre la tierra, ya empezamos a notar que su alma inmortal se posa sobre la nuestra, como un pájaro que busca su nido, para entablar juntas un coloquio inmortal que nos mantendrá eternamente unidos, eternamente jóvenes, eternamente vivos.” (Juan Manuel de Prada, ABC 4/4/05)

Y de que todo esto es verdad, que millones y millones de personas lo han sentido así en estos diez días cruciales, doy fe, porque estaba allí. Porque nada era trampa ni cartón, porque todos respirábamos una atmósfera de Esperanza y de piedad que nunca se había manifestado con una dimensión tan espectacular, porque hasta el hecho de que no haya habido ningún incidente grave entre tal multitud es significativo de la “madera” de la que estamos hechos los hijos de la Iglesia y seguidores de Jesucristo.

Nunca creo que podré vivir de nuevo una emoción contenida ni un anhelo generalizado como cuando cientos de miles de voces, repartidas prácticamente en toda la ciudad de Roma, además de la plaza de San Pedro, gritaban al unísono “¡Santo súbito!¡Santo súbito!”. Concentraciones densas, como islas, en una ciudad vacía apenas sin coches y azotada por un viento convertido en providencial protagonista, que agitaba simbólicamente en una imagen de primer plano el libro de los Evangelios depositado sobre el sencillo féretro del Papa, sobrecogiéndonos a todos, que interpretábamos que en esas páginas agitadas por el viento el Espíritu estaba haciendo su propia lectura, señalando los párrafos del Evangelio más ajustados al momento, o indicándonos con su movimiento el momento definitivo en el que su alma iba elevándose para llegarnos a todos de forma parecida al “viento del Espíritu” de Pentecostés.

Después todos nos fuimos marchando lentamente, embargados por una sensación de serena tristeza y anhelos esperanzados, por las calles y plazas silenciosas que, por una vez, parecían dejarnos de abrumar con tanta explosión de arte y de historia, para recogerse también en si mismas conscientes de haber albergado entre sus piedras milenarias un espectacular acontecimiento, de los que solo se producen cada mil años.

(Desde Roma, el 9 de Abril de 2005)
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